martes, 20 de julio de 2010

Monica botana

fuente: http://www.elmundo.es/america/2010/06/26/estados_unidos/1277536208.html

La mejor forma de saber que se ha terminado una crisis mundial es ver si los países se olvidan de sus promesas de cooperación y cada uno empieza a hacer la guerra por su cuenta. Con esa premisa, la cumbre del G-20 que hoy comienza en Toronto, es el certificado de defunción de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión: cada país propugna—y realiza—una política diferente.

Crecimiento versus austeridad

Obama llega a Toronto con un mensaje claro: los países europeos deben incrementar el gasto público salvo que tengan problemas para financiarse, como España.

Es justo lo contrario de lo que propone Alemania, un país cuya política económica empieza a parecerse tanto a la de China —es decir, incentivar las exportaciones y moderar el consumo interno— que el think tank británico Centre for European Reform ha acuñado el término 'Chermany', es decir, una mezcla de 'China' y 'Germany'.

La canciller alemana Angela Merkel aterrizó ayer en Canadá dejando claro a los estadounidenses que no piensa renunciar a su paquete de austeridad. "He dejado claro que necesitamos crecimiento sostenido, y que crecimiento y medidas de austeridad inteligentes no tienen por qué ser contradictorias", dijo. Además, Berlín rechaza hacer públicos los 'test de estrés' de sus bancos, como hizo EEUU hace un año y España se prepara para realizar ahora.

Un 'test de estrés' de un banco es un análisis de cómo reaccionaría esa entidad en una situación de crisis. Así que, si Alemania no quiere que esos estudios se sepan, es porque sus bancos son mucho más débiles de lo que Berlín quiere hacer creer.

Eso afecta a otro elemento del debate: la capitalización de los bancos. La reforma de EEUU obliga a las grandes entidades a reforzar su base de capital, y a hacerlo emitiendo acciones. Alemania, sin embargo, quiere que se acepte como capital una serie de activos—incluyendo acciones preferentes, que en la práctica son deuda, que el ex economista jefe del FMI Simon Johnson ha calificado en declaraciones a EL MUNDO como "basura".

Finalmente, está la fiscalidad de las entidades bancarias. El miércoles, el Reino Unido anunció un impuesto sobre los bancos que servirá para financiar futuros rescates de entidades. Ese mismo día, Alemania y Francia expresaron su interés por la idea.

El viernes de madrugada, Obama logró que el Congreso deslizara una tasa que obligará a las entidades a pagar 19.000 millones de dólares (15.400 millones de euros) para financiar los costes de la reforma del sistema supervisor.

Un impuesto del que no quieren ni oír hablar los países que no han sufrido crisis bancarias tras el estallido de la 'burbuja' de EEUU, como Canadá y Australia—entre los industrializados—y Brasil y Sudáfrica, entre los emergentes. Y, desde luego, no les falta razón en su argumento: si sus bancos sobrevivieron a las turbulencias, ¿por qué tienen que obligarles a captar más capital?

Como explicaba el presidente del Toronto-Dominio Bnak al 'Financial Times' el miércoles: "Lo que explotó fue un número relativamente pequeño de instituciones que estaban claramente infracapitalizadas y que no tenian liquidez suficiente. Así que ¿por qué no hacer que tengan más capital y más liquidez y dejar de cambiar todas las reglas?".

Entretanto, China ha aliviado toda la presión a la que estaba sometida con su apreciación, poco menos que simbólica, de su divisa, el renminbi. Y el G-20 sigue sin tocar la estructura del mercado, un factor que cada día es más problemático.

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